Hablando con Pauline, la chica au pair, le resumía esta etapa como una etapa de lentitud, de retroceso, casi de desmotivación.
Comer, por ejemplo, que antes lo hacía con concentración e incluso con pasión, se ha convertido en un momento desagradable, pesado, donde hay que decirle continuamente que se siente bien, que coma, que pare de dar golpes… he llegado hasta a mandarla a la cocina (algo que juré que nunca haría). Es una actitud que no conocía previamente en ella, pero sí había visto en otros niños (manos en la silla, cabeza ladeada, balanceo, estirarse en la silla, hacer bolas en la boca, jugar con el tenedor a separar todo…).
Salir de casa por las mañanas, menudo momentazo… yo, el sargento, empiezo tranquila y con porfavores: por favor puedes hacer esto, jugarás cuando hayas acabado lo otro (eso funcionó muy bien a los 3-4 años) y al final, viendo que le entra por un oído y le sale por el otro terminamos en ordenes y casi en gritos, lo sé, no son maneras, pero una acaba sin recursos, ni paciencia, ni tiempo.
En conclusión, este «atontamiento» (perdonad la palabra) lo atribuyo a que las cosas asimiladas y que se repiten diariamente, ya no les motiva, les aburre, ya no son un reto. ¿Quizás haya que convertirlo en un juego?. Por otro lado, y en defensa del niño o niña en cuestión, me consuelo pensando que está aprendiendo muchas otras cosas y eso hace que se olviden de otras tantas, sí, las diarias, las que ya no interesan.
Me encuentro muchas veces diciéndole «piensa con la cabeza»… cuando se aburren hacen cosas sin sentido, como si no pensaran (lo cual es seguramente el caso) como destrozar, pintar en sitios que no toca, coger un objeto y manipularlo de forma inadecuada, dar vueltas en el sofá, el suelo.. ¿Será que no saben aburrirse? ¿será que eso es aburrirse? ¿están cansados?
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